miércoles, 7 de diciembre de 2011

Propio conocimiento.

Y de repente... allí estaba, en aquella habitación sin ventanas, oscura, húmeda, desoladora, sin sitio para sueños. Sólo había una silla, con una pata coja y de color marrón oscuro, un tanto deprimente. El mundo del colorido que tanto amaba destacaba por su ausencia. No había amarillo chillón, verde esperanzador ni violeta que dejara paso a la imaginación. Pero si que había rojo, apasionado, sangriento, símbolo de violencia y amor, de desesperación y de falta de aliento; sin duda era el más hermoso de todos. Llevé mi dedo índice hasta ese lugar y tras acariciar lentamente esa mancha espesa me la lleve a la boca. Sangre... dulce con sabor a metal, siempre he demostrado mi amor por los demás lamiéndola cuando se hacen heridas, es la plena aceptación. Las heridas son lo más hermoso que podemos tener, la vulnerabilidad, la debilidad, el límite de a donde llegar. Lo bueno de los besos es que curan las heridas, lo malo es que causan adicción. A mí personalmente ya me llega con ser adicta a las evasoras de la realidad: alcohol, marihuana, cocaína... siempre me han demostrado su fidelidad, al contrario que tus labios.
El frío me hacía tiritar, estaba muy débil. Quizás la sangre era mía, no había nadie más alrededor, no sabía la razón por la que me había despertado allí. Me había pasado con las metanfetaminas, no era la primera vez que me desmayaba, que notaba un muro de ansiedad y detestaba ese mundo sin color, ese viento helado que sentía a pesar de no existir ningún tipo de corriente.
Observé mejor la habitación y me di cuenta de que había algo más, una pequeña navaja(probablemente causante de la sangre) y un espejo rasgado. Me acerqué con miedo, odié toda mi vida los espejos, falsos transmisores de una realidad que no existe.
 No podía ni caminar, fui a gatas hasta que estuve lo bastante cerca de ese cristal que refleja diablos y de esa navaja que podría haber segado vidas sin significado como la mía. Cuando por fin estuve lo suficientemente cerca algo me devolvió la mirada. En el espejo se reflejaban unos ojos aterradores, fríos y egoístas. Sin embargo lloraban. Los labios denotaban sed y a pesar de ser sólo un espejo, un aliento con peste mañanera de borracho inundaba mi olfato.
Y por fin, lo comprendí. Estaba encerrada en mí misma, lo que me devolvía la mirada en el espejo no era más que mi verdadero yo, aquel que todos ocultamos a toda costa. Miedo de mí misma, conocerme hasta repugnarme... el peor sentimiento que puede alcanzar un ser humano, autocompasión.
Y, finalmente, me desmayé, demasiada información, más de lo que cualquier persona puede soportar dentro de su burbuja de engaño y rutina.